
Desde que tengo memoria recuerdo llegar a casa de los Véjez y ver con asombro los estantes de su sala llenos de trofeos, diplomas y medallas ganadas por el Véjez. Cada mañana durante muchos años mientras todos dormíamos aún, el Véjez corría varios kilómetros desde su casa a Cuemanco, le daba algunas vueltas al canal y regresaba para estar listo para trabajar en Mauthe.
Recuerdo que toda la familia íbamos a ver al abuelo pasar corriendo por alguna avenida de la ciudad, y le echábamos porras y gritos para animarlo en su carrera. No era el más joven de las carreras, creo que desde que comenzó fue “máster”, de hecho me parece que lo invitaron a correr alrededor de los cuarenta años.
El Véjez me platica que en un maratón llegaba a bajar varios kilos entre el esfuerzo y el calor, al subir y bajar por calles de Xochimilco, Coyoacán, Milpa Alta y demás barrios de la Ciudad, donde el mejor premio era que la gente lo invitara a comer al final de la carrera. El Véjez siempre ha sido muy ordenado y cuidadoso con sus cosas, se que aún guarda sus queridos tenis con los que ha corrido tantos kilómetros de su vida, así como relojes y uniformes. Me gustan en especial y creo que también a él, unos tenis puma rojos que parece que se los acaba de comprar.
Siempre me gusta llevar amigos a casa de los Véjez, me siento muy orgulloso de enseñarles sus trofeos, pero sobre todo de presumir a mi abuelo que cautiva a todos con sus grandes historias, excelente sentido del humor y cariño.
Ahora los años han pasado y los pies que llevaron al Véjez corriendo tantos kilómetros, apenas pueden dar pasitos con la ayuda de un bastón. Hace poco le pregunté al Véjez si hubiera cambiado la vida de las carreras por estar mejor ahora, la respuesta era obvia, "¡jamás!"
El Véjez nos ha enseñado muchas lecciones en la vida, cada historia y cada risotada con la Mínkis son la energía que une a la familia cada cumpleaños, cada celebración y cada vez que lo vemos.
En algún álbum tengo varias fotos de hace casi treinta años en que el Véjez me vistió como corredor y boxeador, con tenis, mi pants y mi número en el pecho, creo que le hubiera gustado que alguno de los nietos fuéramos deportistas. Las otras carreras de la vida no me han permitido seguir una disciplina deportiva como él, pero sí el Véjez comenzó a los cuarenta, aún tengo tiempo de alcanzarlo.
En la carrera de nuestras vidas ahora el Véjez y la Mínkis son los que nos dan apoyo para llegar a nuestros objetivos. Los trofeos y las medallas de aquel estante se han llenado de polvo, los tenis rojos ahora caminan despacito para que no tropiece el Véjez cuando nos abre la reja de su casa.
El Véjez sabe que él es nuestra energía; su amor y alegría es lo que nos inspira a que lleguemos a nuestras metas diarias. Gracias Véjez por ser el inicio y fin de nuestro diario maratón. Gracias por no colgar los tenis y enseñarnos el camino en nuestras vidas, gracias por llevar el paso de nuestros corazónes, gracias "Véjez" nuestro gran campeón!
Héctor Perdomo Velázquez.
Junio 2008.

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